
Su trayecto de regreso comenzó al caer la noche. Antes de incorporarse al tráfico percibió que el espejo retrovisor más cercano, fuera del coche, estaba partido por la línea que creaba un hilo de tela de araña. En principio no le dio importancia pero la pena fue su invasora cuando, justo antes de incorporarse a la autopista, comprobó que la pequeña araña, creadora del hilo, se intentaba mantener en el espejo con todas sus fuerzas. El malestar causado por la ansiedad móvil de ese otro pequeño ser fue tan breve como rápidos los movimientos del arácnido. Al momento siguiente esa sensación fue sustituida: qué más daría un ser tan pequeño que tan poco tiempo habitaba el mismo mundo. Al llegar a la ciudad, de sus pensamientos ensoñadores brotó el recuerdo de la tela cuando, de nuevo, dirigió su vista al espejo, ahora tiznado del rojo que brotaba del semáforo. Nada había ya que llamara su atención pero la incredulidad cambió su expresión cuando apareció de nuevo la pequeña araña en aquel espejo. Había vencido el viento, la velocidad y comenzaba de nuevo a tejer. Su empatía con el bicho de ocho patas impidió que rompiera el breve trabajo, casi rehecho, al terminar su travesía y apuró el paso que tenía como destino su suave, caliente y receptiva cama.
Era de noche, su cuerpo descansaba en posición horizontal pero una sensación extraña mantenía su inquietud. Ocho ojos observaban sus movimientos bajo las sábanas. Los grados ambientales descendían en el termómetro pero toda su superficie corpórea se perlaba de sudor. Quería moverse para desprenderse del pijama que se adhería a su cuerpo cuando sintió los tobillos pegados el uno al otro. Sus nervios se arremolinaron en las rodillas y levantó la sábana para comprobar con su propia vista lo que pasaba. La oscuridad provocada por el peso de sus párpados, que no respondían a sus órdenes, impidió su visión. Extendió sus manos en dirección a sus pies mientras se descompasaba con fuerza su respiración, cada vez más breve y profunda. Al llegar a los tobillos su cara se desfiguró en una expresión de asco cuando sintió que sus dedos se perdían empegostados sin llegar a tocar su piel. Sabía que estaban allí pero no podía tocarlos y cuando el miedo empezó a golpear su pecho con fiereza sus ojos se abrieron de golpe como si sus párpados nunca hubieran pesado. Separó las piernas y el alivio relajó su respiración. Giró su postura y volvió a taparse al notar el biruje nocturno rozando su piel. Movió la almohada para sentir el frescor de la zona contraria a la usada y suspiró. Así llegó el nuevo día y la constante continuidad de la rutina.
Durante todo la jornada comprobó sus tobillos más veces de las que hubiera querido. Su cuerpo recordaba aún la extraña sensación de la noche pasada que fue extinguiéndose a lo largo del día. Tras el ocaso, su estragada memoria lo había olvidado todo. La rutina tiene la capacidad desértica de secar las fructíferas ideas de las que pocas quedan en cactus para sobrevivir, por suerte siempre hay pequeños oasis que provocan el clic del recuerdo. Al subir al coche, atar su cinturón y comprobar el espejo retrovisor, un nuevo hilo le recordó el aturdimiento de la noche anterior. Buscó a la pequeña araña con cierta intranquilidad pero no la encontró. Pensó que esta vez el viento de la autopista terminaría con ella definitivamente, aún con todo lo pasado no quería cargar con el peso, ligero y breve pero peso al fin y al cabo, de terminar con la vida del insecto, ya de por si más escueta que la suya.
El corto trayecto que distaba el fin de la autopista del aparcamiento de su casa lo pasó comprobando que el arácnido no aparecía por ningún lado del coche. Cuando abandonó el vehículo el bicho subió por las rejillas de la ventilación sintiéndose con más dominio cada vez, más patrón de la situación. Antes del último suspiro consciente separó las piernas como reflejo de la noche anterior y se concentró en la sensación de seguridad y tranquilidad que aportaba el peso del edredón. Lo que no sabía es que de nuevo sus movimientos estaban siendo observados.
Al sentirse sin apenas movilidad en el tren inferior quiso decirse que todo era un mal sueño. Suplicó a sus párpados que esta vez no impidieran su visión. Pudo abrirlos pero, quizás, hubiera deseado no ver que sus piernas estaban de nuevo cubiertas por aquella pegajosa tela, más dura que cualquier alambre y tan gruesa como para impedir siquiera percibir su forma corpórea. Cuando intentó incorporarse, ayudándose de los brazos, comprobó cómo estos no se separaban de su tronco y la ansiedad se hizo dominante. Entonces la vio. La Pisaura Mirabilis descansaba en su pecho, asida con sus ocho patas a la tela que la envolvía. Sintió cómo su cabeza giraba siniestramente a un lado y a otro, indagando en sus sensaciones.
El arácnido jugó con sus quelíceros provocando una arcada en su presa que mantenía su rostro congelado de terror. Al intentar gritar comprobó que sus labios no se despegaban uno de otro, sus cuerdas vibraban pero el sonido no avanzaba más allá de su boca. Por un momento la Pisaura desapareció de su vista, para reaparecer con su compañera, un par de milímetros más grande. Sintió que el aire le faltaba, había dado su última exhalación porque su nariz estaba taponada por la tela de araña que impidió cualquier tipo de inhalación posible.
Años más tarde descubrieron el cuerpo, en postura rígida, sin desprender ningún olor que se asemejara a los mortuorios y con la terrorífica expresión que había congelado su rostro. Nadie entendía porqué permanecía el cuerpo estirado como un clavo pero todos los que vieron el cadáver coincidieron en lo extraño del caso. Al no dar con familiar o conocido alguno, alguien tomó la decisión, secundada, de quemar el cuerpo sin dar más vueltas al asunto y procurando no levantar revuelo, intentando dejar la historia en un mero mito urbano. Cuando las llamas comenzaron a lamer el cuerpo, agudos chillidos tiñeron el aire encogiendo las almas de los presentes que hubieron de ver a través del cristal cómo miles de arañas saltaban, quemándose, de aquel cuerpo que había reventado desde las tripas. Algunos lo achacaron a brujería, otros a algún rito satánico y los menos decidieron que no había explicación, sólo una grotesca imagen que permanecería en su silenciosa memoria hasta el fin de sus días junto a una comprensible aracnofobia.