
La primera noche coincidió con el primer día del solsticio de la época más fría del año. Jamás entendió sus significados pero a partir de esa noche los sueños comenzaron a ser su obsesión. En un principio no pudo imaginar que bajo la cubierta de la cálida manta fuera a vivir sus momentos más pasionales. Cuando abría los ojos comprobaba que su única compañía era la soledad pero al cerrarlos el tiempo se desvanecía entre contactos carnosos e incontables texturas y tonalidades de diversas pieles que hacían de su compañía. Al llegar el día lo único que deseaba era cerrar los ojos y continuar con aquellos encuentros. Despertaba con la respiración agitada, los cachetes incendiados y sus brazos entrelazados entre sus piernas. En ese momento no encontraba más manos que las suyas y una pequeña decepción se apoderaba de su ser.
La primera semana se evaporaban los recuerdos al terminar el desayuno y comenzar con el automatismo diario, pero poco a poco se fue extendiendo el tiempo del recreo nocturno. Por la mañana no quería despertar y durante la tarde su único deseo era volver a dormir. Se tapaba hasta la cabeza y cerraba los ojos con ansias de volver a aquella enorme habitación en la que entraban y salían las pasiones que unas veces dominaban y otras se dejaban dominar, siempre respondiendo a sus apetencias más profundas. Tanta agitación hizo que perdiera peso y le otorgaron un aire distraído y algo huraño. Sus sueños nocturnos se convirtieron en sus pensamientos diarios, que recordaban los carnales movimientos de la noche pasada. Cuando alguien le hablaba tenía que dejar de lado el placer que durante la noche era palpable pero durante el día solo recuerdos que erizaban su piel. Se avergonzaba cuando debía mirar otros ojos que no fueran la variedad de colores que durante el crepúsculo hacían de su ser el deseo más puro, más profundo.
Por las noches no había distinción posible, los géneros se difuminaban, las razas se mezclaban y lo único importante era disfrutar. A medida que el tiempo pasaba más conocía aquella habitación y menos le interesaba la realidad que sus ojos le mostraban. Se hizo prescindible en su trabajo porque el hormigueo de su bajovientre no cesaba y no respondía a sus obligaciones y a penas a sus necesidades.
El último día que de su persona se supo fue el mismo en el que el techo de la habitación cedió y dejó que sus pasiones ascendieran por aquel hueco donde observábamos sus carnales deseos para unirse al fin a nosotros y convertir la eternidad en una perpetua noche acalorada.