Sueños pintados

Bajo sus uñas el color se hacía imposible de diluir, llevaba días luchando con el lienzo, los colores, la luz y la ausencia de ella. Tras un rato de frotarse con fuerza las manos, las miró alzándolas al aire. Las acercó a su cara fijándose en que cada arruga en sus nudillos y dedos formaban diferentes dibujos que cambiaban con el movimiento. Se tumbó en el sofá viejo y manchado que había situado a cierta distancia, frente a su futuro cuadro. Torció el gesto, ladeó la mirada y resopló hundiéndose lo máximo que el sillón le permitió. La contrariedad dibujó su rostro.

–No, no, no – mientras se levantaba el tono de su voz se elevaba – no, no, no.

Se situó de pie frente al caballete y tiró el lienzo al suelo de un manotazo.

–¡No!

Apoyados en la pared de la derecha de la enorme y austera habitación quedaban aún siete lienzos en blanco. Cogió uno y con fuertes pisadas se situó de nuevo ante aquel esqueleto metálico que tantos éxitos como fracasos había sostenido. Con rápidos y seguros movimientos situó de nuevo sus esperanzas en la estructura y con los brazos cruzados sobre su pecho se alejó unos pasos. Un lienzo en blanco. Un nuevo comienzo para unos viejos deseos. Sintió ceder su visión al cansancio acumulado y con la molestia de tener que dejar su cometido, por su amortajado cuello, salió de la habitación. Últimamente no había prestado demasiada atención a la limpieza y algunas telas de araña adornaban las oscuras esquinas. El suelo arrastraba semanas de dejadez mientras la poca losa que había usado se amontonaba en el fregadero metálico. Aquel piso había sido su estudio durante años, su refugio del mundo exterior, la pequeña torre de cristal donde todos sus sueños se habían ido haciendo realidad. Necesitaba poco para crear y mucho menos para subsistir mientras creaba.

La habitación del fondo era la menos luminosa y la opuesta, la más luminosa. Allí era donde vivía el proceso de trasladar lo que su visión dibujaba tras su frente a los diversos lienzos. Tenía una casa en la ciudad pero hacía un par de meses que no la visitaba. Las primeras semanas en el taller habían sido fructíferas pero las últimas habían logrado llenar su persona de crispación. Se tiró sobre la cama buscando el descanso para su contracturada espalda y sus palpitantes piernas. Dirigió su mirada a la puerta por la que se colaba la luz que dibujaba las motas de polvo que hinchaban el aire. Pensó que ojalá fuera tan fácil como verlo y antes de la tercera respiración había cedido al sueño.

Recordó que había dejado sin limpiar los pinceles que había usado durante las últimas horas. Aquel pensamiento comenzó a incomodar su tranquilidad. Intentó moverse pero llevaba tanto tiempo sin descansar que su cuerpo tardaba al menos tres órdenes pensadas en reaccionar. Cuando su cabeza se despegó de la almohada la sorpresa abrió sus párpados. El lienzo se alzaba a su lado, más grande de lo que recordaba, bañado de colores, luces y sombras en perfecta disposición y armonía. Una emoción que nunca había sentido golpeó su pecho, trancando su garganta en una ahogada expresión y bañando los ojos en lágrimas. Sintió que aquel cuadro había viajado directamente desde su interior al lienzo en blanco que esperaba ser canal de todas aquellas sensaciones.

–Así que tú has sido el elegido.

Palabras que fueron pensamiento ante la incapacidad de ser pronunciadas. Se sentó sin perder detalle y dejando que sus ojos bailaran entre las pinceladas procuró no reprimir una sola lágrima. Tratando de memorizar y deshaciendo cada movimiento que no recordaba pero desde luego reconocía. Sintió cómo el colchón se reblandecía tragando las sábanas que enredaban su cuerpo. Cuanto más se movía para zafarse más se hundía. Trató de agarrarse en vano al extremo del colchón y se dejó ir estirando sus dedos hacia su emotiva y extenuante obra maestra que sentía como el broche de una fructífera carrera en vida.

Despertó en un brinco sobre la misma cama que había tragado su cuerpo y miró a todos lados buscando su cuadro. Soledad y oscuridad rota por el frágil bailoteo de la luz que entraba por la puerta ahora entornada. Con un extraño dolor de cabeza enturbiando sus movimientos, se levantó y se dirigió al cuarto de trabajo dejando paso a una enorme frustración al comprobar que el lienzo seguía en el mismo lugar, exactamente como lo había dejado: blanco. Sintió cómo se escurría su inspiración, perdiendo la apuesta con la memoria. Apretó los párpados tratando de pintar tras ellos los mismos colores, luces y sombras que habían dado en lágrimas por su emoción. Al abrirlos la nada más limpia, más blanca. Gritó, pataleó y descargó los calambres de los brazos agotados agarrando los cuadros que había en la habitación para lanzarlos uno a uno contra las paredes. Cuando terminó, los recogió y los colocó en fila de cara a la pared, tapó su obra. Escribió una palabra tras cada uno de ellos. Horas después estaba encerrada en el lugar donde acabarían sus días: el psiquiátrico.

Esta es la historia que mi abuela me contaba de su hermana, mi tía abuela. A ella le había dejado su estudio en propiedad pero nunca se sintió capaz de ir a verlo. Cada noche, antes de acostarse, daba las buenas noches a su hermana rozando las llaves que descansaban en el centro del tocador. Al morir me las dejó a mí porque, según ella, era la única que apreciaba sus historias como se merecían. Las historias de mi abuela eran como los cuadros de mi tía abuela. Cuando los ví por primera vez, cuando conseguí entender la secuencia de los cuadros, las lágrimas se abrieron camino durante al menos veinte minutos. Cada vez que veo sus cuadros, los juegos de luces y sombras, trato de evocar la sensación de esa primera vez. El estudio es ahora un museo del que, quien quiera, pueda disfrutar. La historia de la pintora conmueve casi más que sus cuadros. Como secreto me he guardado las palabras que quiso fijar antes de morir por culpa de la incomprensión de quienes la rodearon. He llegado al tope de mi carrera.

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