Sin ti

Como cada noche dejó escurrir sus ojos sobre la almohada, sin quitar la vista del vacío que a su lado quedaba en la cama. Todo tiene solución. Repetía siempre. Todo salvo la muerte. Por eso no paraba de pensar: ¿y ahora qué? Se preguntaba lo mismo una y otra vez, desde el hervor de sus pensamiento hasta el silencioso movimiento de sus labios que terminaban por lanzar un beso al vacío. Su cuerpo se había consumido en el anhelo y sus pómulos crecían de forma proporcional a como lo hacía su añoranza. El dolor era su sensación diaria y la soledad su eterna compañía. Acudía de manera autómata a las reuniones, sin abrir la boca y fijando su mirada en la nada. Así seguía pasando el tiempo, las horas, los días, desde la incapacidad de acompasar su ser al mundo. Podría resumirse su situación explicando que estaba sin sentirse, era sin encontrarse. Lo único que aliviaba su herido ser era dormir. Las horas pasaban mientras se transportaba a una realidad que permitía que corriera, que saltara, que gritara y que pegara hasta matar. La guerra de sus sueños otorgaba la viveza que se ausentaba cada día al despertar.

De nuevo aquel lóbrego pasillo llevaba a la húmeda habitación. Sentía que algo había cambiado, esta vez tuvo tiempo de prolongar su inspección antes del desagradable timbreo que provocaba la vuelta a la inerte monotonía de los días. Cuando se acercó a la mesa metálica repleta de utensilios que jamás antes había visto sintió un golpe seco en la parte de atrás de la cabeza que desdibujó la habitación. Cuando el cuarto reapareció se encontraba con las manos atadas a la silla que mantenía su postura. Intentó zafarse.

–Deja de intentarlo. No vas a salir de aquí.

Un escalofrío recorrió su cuerpo y movió la cabeza a un lado y a otro, tratando de encontrar el origen de aquella profunda y desconocida voz. Oscuridad, silencio y la fría humedad durmiendo sus extremidades. Movió sus veinte dedos luchando contra el hormigueo. Un vuelco sacudió su estómago cuando comprobó que el anillo descansaba en su dedo anular. Lo palpó con el pulgar y sintió la emoción inundando su cuerpo desde el pecho hasta la parte más alta de su garganta. Cuando no pudo con más brotaron las lágrimas. Siempre contigo. Pensó sin dejar de rozar el anillo. Un golpe seco y metálico sacudió sus pensamientos instalando un fuerte y continuo pitido. Parpadeaba tratando de espantar el mareo mientras el pitido aumentaba hasta convertirse en una aguda alarma. Sintió su boca llena de sangre y saliva y se hizo a un lado para escupirla. Abrió los ojos y se sintió a salvo en su habitación.

Miró su mano con el pecho cargado de emoción pero el dolor siguió siendo una constante cuando comprobó que el anillo había desaparecido, de nuevo. Se sorprendió al comprobar que su almohada estaba pringada de la sangre y las babas que acababa de escupir. Saltó de la cama y corrió al baño, le dolía la cara pero sabía que nadie creería su historia. Pensaba excusas a cada paso hasta que llegó al espejo. A pesar del dolor y de la sangre en la almohada no había marcas en su cara. Entonces empezó a cambiar el anhelo y la soledad por la confusión, sin llegar nunca a dejar de sentir las unas por la otra.

Pasó el tiempo en aquella extrañeza, tratando de evocar la siniestra habitación y con sus pensamientos fijos en el vacío que había dejado el anillo en su dedo. No hay explicación. Concluía cada cierto tiempo tratando de dar descanso a su aturdida mente. Llegó la noche y con ella el peor momento. ¿Por qué ya no estás? Se preguntaba mientras el ardiente dolor de sus sentidos encogía su cuerpo en la cama. Se convulsionaba dejándose llevar por el llanto. Se miró la mano y anheló el anillo en su dedo. No debí hacerle caso pero necesitaba ayuda. Quiso que despejaran sus males desde la seguridad que otorga un título universitario y la considerable inversión en una bonita consulta.

–Debes sacar ese anillo de tu vida. A ver si me explico. Este anillo solo te recuerda la añoranza de la que quieres huir. Enfréntate pues a él. Lánzalo al mar como hiciste con las cenizas y alíviate pensando que todo su ser descansa en paz.

Lo único que hizo fue comerme la cabeza. Se culpaba de haber hecho caso a tremenda incoherencia porque aquel gesto para desprenderse solo provocó que su dolor se apegara aún más. Ya está, deja de llorar. Desde su lado de la cama dejó que el agotamiento fusionara su cuerpo desde los tobillos hasta el entrecejo con las sábanas que abrigaban el colchón. Se derritió hasta la nocturna negrura del sueño. Cuando abrió los ojos sus pies descalzos se dolían del frío y la humedad. Al tratar de estirarlos sus rodillas estallaron y un escalofrío recorrió su tren inferior. Se supo en la habitación de su tortura y pensó en el anillo. Sus manos estaban casi tan frías como sus pies pero al apretar los dedos unos contra otros sintió la presión del metal inamovible en el anular. No pudo evitar la embriaguez de los recuerdos y lloró hasta el agotamiento. Con la barbilla apoyada en su pecho sintió el estremecimiento de la vez anterior.

–Ya te lo dije. No vas a salir de aquí.

–¡Mentira! ¡Ayer desperté y eso no lo puedes evitar!

–¿Si? ¿Tan claro lo tienes?

Aquella extraña seguridad formulada por la voz desde una interrogación hizo que sus rodillas temblaran provocando el tintineo de las cadenas al chocar contra la silla. 

–¿No sabes qué hora es? –golpe– ¿Verdad?

Tres golpes en la cara entrecortaron su respiración.

–Esta vez tenemos más tiempo.

Recibió los duros golpes sin saber cómo encajarlos porque era incapaz de ver su procedencia. La cara, las piernas, los brazos, los hombros, su estómago y su pecho eran presas fáciles y expuestas a los constantes choques. Una y otra vez, sin parar. Tantos habían sido que solo podía agarrarse a su anillo deseando que el pitido inundara el ambiente para poder volver a su cama. Aquel dolor sólo era físico pero el desconocimiento provocaba un hondo pavor. Llegó. Un fuerte estampido en el tronco del oído provocó el temblor y despertó en su cama. Se alongó y vomitó sangre y bilis. Entre temblores alzó su mano y un llanto desesperado llenó la habitación. La soledad seguía ganando la batalla.

Fue un día extraño. Comenzaba a prestar atención a los elementos que rodeaban su andar. Cada golpe provocaba que encogiera el cuello entre los hombros. Pasó la mañana con el miedo por acompañante. Al menos aquel día mantuvo una conversación, por primera vez desde que todo había ocurrido, donde su atención no se disipó ni dejó de atender a cada palabra. Un hombre mayor se sentó a su lado.

–Hola joven.

–Hola –apenas fue un gruñido pero el afable anciano no desistió.

–Conozco su caso y solo he de decir lo que ya he dicho: aún es joven.

Con los ojos a punto de desbordarse en llanto miró al hombre y sintió su sabiduría a base de experiencia dibujar su arrugado rostro.

–No veo salida.

–Pues siempre la hay joven. Siempre hay elección.

–No tengo más fuerzas.

–No se torture más. La decisión es solo suya, joven.

La mayoría de las veces las personas entienden lo que quieren entender y este fue el caso. La breve conversación acompañó todos sus movimientos hasta que llegó la noche. Se echó sobre la cama, esta vez sin llorar. Extendió el brazo y rozó el vacío que la muerte había dejado a su lado. Con los ojos bien abiertos indagó en sus propias emociones. No quedaba rastro de rabia, no había dolor ni frustración, solo la nada. Besó su dedo vacío y cerró los ojos deseando enfrentarse a aquella habitación.

–¿Cuantas veces he de repetirlo? No vas a salir de aquí.

–Lo sé y no tengo miedo. He tomado mi decisión.

La lluvia de golpes comenzó a desbaratar su cuerpo que empezó a sudar a causa del esfuerzo que suponía aguantar.

–No es más que dolor físico.

Atinó a decirlo a pesar de que prácticamente se ahogaba en sus propios reflujos. Un duro golpe provocó que su cabeza se moviera como si de un muñeco de trapo se tratara. Su cuello se había partido y el dolor llegó a su fin. El sudor hizo que el anillo se deslizara de sus inertes dedos provocando un tintineo contra el suelo hasta el silencio. Había dejado de respirar pero no importaba, hacía ya mucho tiempo que se había sentido morir.

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